lunes, 22 de noviembre de 2010

vol. II

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19:42. Dibujo hombrecillos sobre mi cuaderno diminuto. Hombrecillos con nubes negras justo en el centro del pecho. Yo misma guardo una pequeña nube en el centro de mi pecho, y a veces se ennegrece y hablo tormentas. Como un niño que juega a atrapar alfileres con un imán, mi pequeña nube atrae todo tipo de objetos: coches, cajas, vidrios, grandes contenedores metálicos, pedazos de tela húmeda y pan.
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Por eso, cuando me arrepiento de algo, y me estalla esa oscura cosquilla de culpa en la boca del estómago, y la cosquilla pica y se prende y me prende como un fósforo apurado a tientas en fondo de un cajón
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entonces, cuando -llámese culpa, llámese polilla incendiada en la boca del estómago- esa mancha de hollín agujero negro camión de escombros se me hunde justo en el centro del cuerpo, y sufro pequeñas contracciones, sufro espasmos milimétricos, como si mi carne tuviera el acto reflejo de querer esconderse en algún rincón perdido de mí, entonces es cuando alcanzo a vislumbrar, lejanamente, apenas, el significado de esta existencia de café tibio y discurso a media voz
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vislumbrar, más bien, su insólita arquitectura, con ese revestimiento de cobre y detrito, y el contrachapado combado blandiendo el sonido exacto de la palabra culpa, y esa culpa artesonado perfecto, esa culpa sorda catedral instalada en lo más alto de la carne, erigiéndose bóveda del discurso directo con dios.
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Porque yo vivo en un mundo donde la carne nace culpable. Y tengo el paladar abrasado de tanto pedir perdón.
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domingo, 21 de noviembre de 2010

vol. I

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(la vida no es más que una caja de gritos)

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viernes, 12 de noviembre de 2010

.red.room.

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ahora, que ya manejo con soltura mis temblores, y a veces, incluso, suelto el manillar, pongo el piloto automático, no-mido no-cuento no-espero
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ahora, con las manos combadas de tanto pulsar el origen, de tanto buscar la tecla de reinicio (oh bendita máquina) encuentro -creo que encuentro- el rastro de ese escarabajo negro que era yo con cinco años que soy yo con tanta piedra en los bolsillos
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y me gustaría tocar mi hombro levemente, mirarme con desafección, decirme
ç.. .

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pero esta habitación tan grande, este constante chocar contra los muebles
y el lenguaje con su borde ennegrecido
y no poder decir no poder pensar no poder
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