martes, 20 de septiembre de 2016

La expectativa.

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Has entrado en mi vida rompiéndolo todo. La calma. La paz. El estanque quieto, cristalino. La autosuficiencia. Todos los muebles rotos, ladeados, ubicados ahora en sitios imposibles. Y cuando por fin el amor es tan denso que cristaliza en las ventanas. Cuando por fin el amor es tan denso que hace temblar a los animales aturdidos de mi pecho - casi al unísono- como si estuvieran invocando el mundo con su violento tiritar. Entonces, justo entonces, anuncias que te marchas.
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Ha sido un vagar agónico, éste. Un deambular con el cuerpo debilísimo, golpeado. Esperando secretamente algo de locura y valentía: elegir el amor sobre todas las cosas, pronunciar mi nombre hasta perder la voz. Lo oficioso, hinchando mi pecho levísimo. Lo oficial, perfectamente calculado, milimétricamente insertado en cada gesto para no revelar la mujer incendiada que recorre mi cuerpo hasta hacerlo real. La expectativa es un lugar precioso desde el que despeñarte. Una exhalación idiota, dolorosa. Maldita.
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Y ahora todo es perder. Perder incluso antes de haber tenido. Y perder, quizá, lo más grande: la posibilidad, los tiempos verbales futuros, los pretéritos perfectos. Cambiar la efusividad por el llanto rítmico que astilla el hueso. Por el silencio. Por la espera. Por la distancia que conserva los cuerpos intactos en el formaldehído de aquello que no fue y que no será: la pantalla retroiluminada, los aeropuertos inmensos, el no está no contesta, hace un frío de siglos aquí. Y los conserva bellos, bellísimos, imperecederos, pero verdes pero huecos pero rebosantes de larvas pero horadados por la fauna microscópica de la imposibilidad.
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Ahora sólo queda recoger las cortinas del suelo, disponer los muebles de manera que el resplandor del acontecimiento no me ciegue, de manera que la contundencia de esta idea no me destruya por completo. No-te-eligió. Y colocar una sábana roída sobre esas tres palabras. Cubriendo su miseria con decoro y compasión. Con profunda humillación. Con abismo.


Y ordenar mis cabellos. Alisar el vestido. Intentar que el aire entre en esta habitación que se ha hecho mundo.
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