sábado, 5 de abril de 2014

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(poema)


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miércoles, 6 de marzo de 2013

nota

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Aquí estoy. Luchando por no enfermar de pequeñez. Blandiendo el mosquito y la herida como quien está terriblemente solo en el centro de una playa y agita maderas y harapos inservibles y piensa que la soledad es un simple grito rodado, ya insignificante, ya reluciente de tanta ola batida.
No ves. No entiendes que te llamo y tu mirada, piedra convexa y magnífica, no mira, nunca mira, pasa de largo a través de mis ojos como quien pasa a través de una puerta y se quita el abrigo y mueve el cuerpo con afán de colgar la pesada prenda en el perchero, pero no hay perchero en esa puerta, no hay. Sólo el aire y el movimiento de la mano curvándose en su pausada coreografía y el abrigo cayendo.
Y el hombre continúa caminando, distraído, abrazado al perchero imaginario de su mente, a la calidez de su rutina hormigueante, a la estantería llena de nombres y momentos ajenos que este espectador no puede, si quiera, atisbar. Y de los que este espectador ya no será, si quiera, testigo.
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Pero hay algo de injusticia en todo esto. Porque yo te conozco, y tú me conoces, y hemos hablado desde una cima, nos hemos mirado a los ojos desde esa cima, y hemos sentido calor.
Yo te escuché pronunciar mi nombre con una voz de otro tiempo, como si vivieras en un lugar lleno de plantas y nieve y pronunciaras mi nombre desde allí, hablando a la mujer y a la herida con una misma voz y un mismo rostro.
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Pero te has marchado. Y ya sólo queda este crujir de hojas que se siente como un resuello. Y pienso, qué injusto que sólo sepas mirarme a los ojos desde esa cima en la que yo fui yo y en la que tú eras siempre. Qué frío desde este lado. Qué solos estos cuerpos que de repente se desconocen. Qué dolorosa, ahora, la simple existencia de la posibilidad. Cuánto dolor agolpado en su belleza inexpugnable.
Me has arrojado el idioma que te hizo humano y ahora se revuelve en mis manos como un ciempiés bocarriba. ¿Estaré loca?, pregunto. Los locos. Los locos son los que no esperan respuestas. Y tú esperas respuestas. Y esperas su olor. Y su hiedra envenenada. Aunque sepas que te has vuelto a quedar sola. De nuevo. En esta agónica conversación interminable.

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domingo, 24 de febrero de 2013

enseñadme

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Ah, muerte de muertes,

dime quién soy, dime

cuáles de mis actos son verdaderamente míos

para que pueda sentirme al menos

enteramente dueña

de esta derrota, dime

dónde termina el destino y empieza la fábula, dónde

termina mi vida y empieza mi miedo.

He cruzado continentes

he contemplado multitudes bullir de pura fe

he visto niños resplandecer

como almendras de oro

incrustándose en la vida con la impertinente

templanza de los sabios

y, ahora,

con los ojos apretados

y la boca pequeña
 
como un meteoro incandescente exijo

la posibilidad, al menos, de lo propio

la calma que genera conocer

el surco profundo del camino

y exijo y exijo y tiemblo

con el cuerpo seco como el hueso

de una fruta deliciosa

y me digo

pequeño coleóptero, bestia de pecho

descendido, fantasma

de fantasmas, tú

que desconoces la profundidad

de tu nombre, el bello horror

de lo incierto, confundes

valor e incertidumbre, confundes

amor con cobardía

y la única patria que alguna vez concebiste,

si quiera, como tuya

es este despeñarte

constantemente

contra el basalto helado de los sueños
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Ahora, que la espuma confinada de la tarde

adquiere, al fin, un cierto brillo

y el aire que se derrama en la ciudad recuerda

a una orquesta adormecida de animales

ahora

veo a los muertos pasar

y yo paso junto a ellos

y me diluyo en la liviandad infecta

de las tardes derrochadas

procurando así una fuente inagotable de energía

para la eterna mueca inclinada de los otros.

Ah, los que vivieron

ah, los que se atrevieron a vivir al dictado de la sangre

y no llenan su estómago con la vianda sabrosísima
 
de la comodidad

ya no oyes tu grito, ya no sientes su espesura

ni escarbas en la densidad caliente de la fe y sus vuelos atorados

ya no escuchas, no oyes, no prestas atención

al sonido anfibio de tu piel

al proyectar la vida

ya no cuentas hasta diez, no caminas transparente, no dejas que tu miedo

se precipite sobre el aire

formando compuestos absolutos y polímeros

ya no vuelas

no vuelas

no discurre tu vida en la hondonada

no inyectas en tu pecho el precipicio del valor

que comporta vivir

para lo que Dios y tu alma saben

que has sido concebido

oh, fecundos dioses, posad sobre mí vuestras pequeñas manos relucientes, dioses de la suerte, de los hombres que brillan como escudos y escudos son en la ciudad de los insectos.
 
Cada día cruzo campos cubiertos por improvisadas tormentas

de nieve imaginaria

cargando con un simple dolor que me cobija

y sé y me repito en voz pausada y torpe

que hay hombres que permanecen de pie

en avenidas repletas de moscas y gusanos

y aprietan sus frentes contra los cristales helados

de las tiendas

y ruegan

a Dios

que les perdone

esos hombres, de tallo duro y redoble de huracán

han comprendido

que la mayor infamia de los vivos
 
es negarse

y se detienen en el centro de esas calles

y lloran fatigosamente

y dejan

que las moscas beban

de las cuencas vacías de su orgullo.

Hombres, os lo ruego, venid. Venid pero no miréis,

no miréis a ésta que aún no sabe

ponerse en pie y caminar desnuda

y se ha pasado la vida rebuscando en vertederos

harapos y artificios con que cubrir

el densísimo ardor de su vergüenza.

Venid, pero no probéis las manzanas

de mi nombre ni el inflamado sabor

de su mentira, enseñadme

de qué están hechos los huesos

de los hombres verdaderos, los huesos

de aquéllos a los que la vida les permitió a elegir
 
y eligieron, enseñadme a llorar
 
enseñadme a morir del todo, rotundamente, en este instante,
 
enseñadme a no caer en la obstinada derrota

de lo fácil, vosotros, que deambuláis

por una estepa blanca y refractada, arqueados la sangre

y los colmillos, arrastrando un carro al borde del delirio y del desguace

vosotros, vosotros, enseñadme,


os lo ruego, enseñadme

a hacerme justicia,
 
 
enseñadme

a ser.
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viernes, 30 de noviembre de 2012

el amor es esto

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A tus padres - les pesaban - tantas cosas - en los hombros. Priorizaron. Dijeron. El amor es esto. Y te tendieron una piedra reluciente. Tú temblabas como un ciervo que boquea en su placenta. Expectante. Agarrotada de ilusión. Casi endurecida. El nerviosismo del reptil que se asoma, torpemente, a la existencia. Y repetían. Abrían la mano y repetían. El amor es esto. Hacer-las-cosas-bien. Si haces las cosas bien, podrás tenerlo todo.
Y, de pronto, comprendiste. En esa diminuta porción de lava sólida cabía todo el amor del universo: el amor hacia ti misma: el amor de los otros. Dimensiones astronómicas que, de pronto, y sin merecimiento alguno, tenías el honor de manejar.
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Rápidamente calibraste las consecuencias de todo aquello. Miraste la piedra reluciente y sentiste la libertad golpeándote la cara como te golpea la luz al despertarte: cubierta de trapos, mullida. Vislumbraste los veranos de diecinueve plantas. Los secretos como flores. Tanta - posibilidad. Y así, el cuerpo, el amor y la vida adulta se colocaron, sin saber muy bien cómo ni por qué, a pocos movimientos de distancia. El futuro parecía, al fin, una bestia apetecible. Te acercaste, con los bolsillos temblorosos, y recorriste su lomo caliente con el dorso de tu mano. Sentiste su calma sorda y vibrátil agitándose con sequedad bajo tus dedos. Y unas escamas tibias y crujientes, convocando el pulso de lo que parecía tu vida aconteciendo.
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Salías ganando. La ecuación siempre arrojaba un resultado positivo. La piedra reluciente era hacer las cosas bien - hacer las cosas bien era todo el amor del universo - todo el amor del universo era hacer lo que quisieras - hacer lo que quisieras era la piedra reluciente que era hacer las cosas bien. No había fallo posible: esfuerzo limitado, beneficio ilimitado. Un cheque firmado, con una cantidad emborronada, que te disponías, alegremente, a sobrescribir. Un pacto de adultos. Cosas importantes bullendo sobre la mesa como peces al borde de la deflagración. Y pensabas. Éstas son las cosas que realmente pesan en la vida. Y esa idea cayó sobre ti con la sequedad de un apretón de manos. Y te pusiste seria e intercambiaste con dureza aquellos peces en llamas. Transacciones limpias y elegantes que duraban cursos escolares o semanas. Y ya está. No había nada más que hacer. El premio era tuyo: la libertad aleteándote en la cara, el tiempo adulto, los secretos como flores, los veranos de diecinueve plantas.
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Pero. Respira. No te culpes. Es lógico. Te tendieron la mano. La piedra reluciente brillaba. Y tú la cogiste. Qué otra cosa ibas a hacer. El problema era el terreno. El contexto. En el noventa por ciento de los problemas el contexto es determinante. Tanto, que en un sesenta por cierto de los casos, sin el contexto, el problema no habría existido. Determinante o detonante, si lo prefieres. El contexto o la ausencia de puntos de referencia, en este caso. Me explico. Que te dijeran. Esto es el amor. Y eso fuera el amor. Que te dijeran. Esto es el respeto. Y eso fuera el respeto. Que te dijeran. Hay dos tipos de persona. Y que corrieras a colocarte en el lado donde, necesariamente, sabías, a ciencia cierta, que daría el sol. A cobijarte en ese amor selectivo. En ese amor donde. Sólo los hechos. Importaban. El amor y sus cantos duros. El amor y su porosidad fría e implacable. Cada universo propio es como un órgano vital. Palpita a un ritmo que oscila en función lo ingerido. Por eso, mi universo mi corazón mi páncreas, laten raro. Laten desacompasadamente. Cumplen sus funciones con una ostensible dificultad. Cuelgan fofos. Desorientados. Y todo porque la piedra reluciente era un prisma. Un vidrio hexagonal a través del que mirar el mundo. Los peces. Las cosas bien hechas que había que hacer para poder permanecer en este lado. Para ganar todo el amor del universo.
El problema son las cosas. En el setenta y dos por cierto de los casos el problema son las cosas. En este caso, las cosas que había que hacer. En este caso, cosas relucientes, cuadradas, pulidas neuróticamente: estudiar, labrarte un buen futuro, caminar erguida.
Por eso, ser responsable era ser reluciente. Y digo ser reluciente, no ser moral. Y, por eso, ser responsable, es decir, ser reluciente, implicaba abrir los ojos y ver la mano tendida. Y coger la piedra. Y la vida sin límite. Y la libertad sin plazo y sin tasa y término y sin confín y sin orilla. Y yo, como un ciervo que aún boquea en su placenta, intercambiando esas sustancias densas, esas cosas de adultos, tan prohibidas. Y llamando al amor, inteligencia. Y llamando a la moral, amor.

Ah. Por fin. Comprendes. Cómo no ibas a comprender. Y qué culpa tiene nadie de eso. El crecimiento debe ser acotado. Demarcado. Con límites a modo de vías o circunvalaciones. En caso contrario, el crecimiento ramifica en descontrol. Eclosiona en caos. Autocomplacencia. Y las nociones se vuelven espesas. Y se confunden amor e inteligencia. Amor y admiración. Amor y moral. Por eso el amor propio es un planeta, aún desconocido, al que eternamente te aproximas. Una y otra vez.
Todo lo que falta, regresa. Todo vuelve a ti. A modo de sacudida latente. De abatimiento silencioso. Como una derrota previa subrayando el ritmo torpe de las cosas. Por eso, ahora, mantienes relaciones aparentemente fluidas. Contigo. Con los otros. Alisas el mantel. Caminas erguida. Haces las cosas bien. Pero hay desgaste. Fricción. Como una constante sinfonía de bacterias. Y, bajo la chaqueta, los codos en carne viva. La constante oscilación. El descendimiento. La gracia del movimiento con el que, constantemente, agrandas la incisión. Tres. Cuatro. Cinco centímetros. Cada día. Y, siempre, con el pico abierto fieramente, como pájaro de garganta panorámica. Pidiendo. Pidiendo lo que no fue. Pidiendo lo que no tuviste. Las catedrales en el aire y sus nervios. Sus nervios trenzados, segando el espacio como arcilla. Marcando una dirección. La única dirección posible. Hacia arriba. Siempre hacia arriba. No hacia delante.
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martes, 18 de septiembre de 2012

la certeza como condición exterior

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Las gotas caen como canicas.
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Miro al cielo y siento su pecho hinchado. Puedo oírle relinchar. La cañería marca ritmos ancestrales, como de hormigas metálicas horadando el polietileno, el lenguaje de algún dios. La vida es esto, pienso. Este miedo. La esquirla negra en el ojo reluciente.
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Pensé que podría. Pensé que si me agarraba con fuerza a los árboles, y apuntalaba mi vida con sacos de metal pesado, y avanzaba sin detenerme hacia lo cierto pero inmóvil, hacia las aguas estancadas pero limpias. Pensé, no sucederá. La vida mantendrá su fulgor entre paredes, se mecerá vibrátil en las manos mortecinas del burócrata, se agitará / incandescente aún, impertérrita / sin la saliva y el fango de la duda, con el cuerpo sosegado, y los huesos rectos y las manos rectas, permitiendo a la enfermedad infectar nuevos rincones. 
 
Quedará algo. Confinado entre vastos rompeolas, sí, pero quedará algo que me permita seguir siendo. Seré yo entre aparatos, carne propia en centralita  intercomunicador  dictáfono. Yo, con la vida rompiendo aguas en mis manos, y el cuerpo y la boca florecidos.
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Pero y si la vida es este miedo. Este. No. Saber. Qué. Y yo tanto tiempo empeñada en salvarme.
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En todo cuerpo hay un abismo. Pero el abismo cambia. Se intercambia. Varía. Porque un cuerpo fuerte puede afrontar la incertidumbre. Es más, un cuerpo fuerte puede disfrutarla, lograr que le engrandezca. Pero a mí, que el alma se me encoge y se me enrosca, y miro mis manos y los ojos de los otros mirando mis manos, y cualquier hueco me atenaza, y la duda hace retumbar mis catedrales, y me expone diminuta y balbuciendo, con la carne despegada, cayéndose a jirones de las manos.
Quizá la vida sea esto, y el temblor no sea un país que abandonar constantemente. La protección está sobrevalorada. La pared, si se levanta por temor, no tiene fin. Quizá yo también sea fuerte. Quizá yo también pueda lograr que la duda me engrandezca. Quizá. Quizá. 
 
La incertidumbre también puede ser un planeta hermoso. Y la casa: el pasmo. Este vivir en estado gaseoso que tanto temo.
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martes, 11 de septiembre de 2012

ofrenda

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Hoy has cantado. Y los andamiajes de mi cuerpo, mis diques de contención, aquello que apresa lo que aflora; cede resignado, explota en estallido de desconsolada inminencia.
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No entiendo tu dolor. No alcanzo a descifrar tu carga nuclear, la longitud de onda de tus rayos X, tu bombardeo de electrones, no. Pero da igual. No importa. Conozco la opresión. La fatiga del alma. El miedo. Conozco los lugares a los que se acude simplemente a callar. Y no pido. No reclamo. Porque acudo con frecuencia a ellos, y tengo días, y mañanas, y domingos. Y los dedos se me comban. Y el alma se me encoge, tibia. Y un día ya no hablo más el idioma de los hombres. Y todo se magnifica. Y hago justo lo contrario de lo importante, justo lo que no debiera. Y, entonces, simplemente espero, pequeña y desmadejada, a que todo pase.
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Te regalo mi despertar. La flor sobre los labios. Un cobertizo para el invierno. Te ofrezco la hondura transparente de mis sueños, a día de hoy, debilitados. Te dejo ver el pájaro de mi pecho, mis manos ramificadas en dulce aquiescencia, el idioma de las cosas más sencillas, el instante repleto, el cuerpo en bocanada, la herida, la agitación. Te regalo el beso. La mirada interior. El minuto cristalino. Los ojos maravillados del superviviente.
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sábado, 8 de septiembre de 2012

extracto

 
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Acuno al pájaro de mi pecho. Le beso suavemente la cabeza, y su corazón late con cadencia de cencerro, aunque aún se le nota alborotado. Trato de calmarle. Introduzco los dedos entre mi segunda y cuarta costilla, y acaricio las plumas que se escapan de su frente. Le siento un poco más menguado, como si la pena le encogiera. Como si, poco a poco, ese armazón óseo, esa bóveda astillada, ramificara sin control sobre su cuerpo.
Por eso padezco tanto. Por el pájaro. Siempre tan pequeño, con el pecho hinchado de alborozo, mirando con lenidad mi vida a través de la persiana de mis huesos. Pero cada puñalada de vergüenza, cada pedrada de culpa o de error que recibo de mí misma, siento cómo le perfora. Y cómo él se retuerce lastimado sin entender apenas nada, pensando de dónde esta arena negra, por qué tanto frío, cuánto más esta tibieza del alma. Soy yo, debería confesarle un día de estos. Soy yo y la pila de maleza que, a veces, - y no siempre sin causa- me arroja maldiciéndome la vida.
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miércoles, 5 de septiembre de 2012

ฉันกลับมา

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Siento un frío perenne. Una sensación de quemazón constante, como fósforo rascando las costillas. Un ciempiés ascendiendo eternamente por mi tráquea. Te miro, en posición de súplica, y tú me diagnosticas «ansiedad» con gesto de autosuficiencia. Profunda enfermedad del alma, dices. Bilis negra brotando a borbotones, y las manos siempre inquietas, tan poco prolongadamente tú.
Me limito a asentir, entre indiferente y abatida, con la respiración pesada, llenando cada hueco de la conversación.
Ya no escribo, te confieso cabizbaja. He olvidado el lenguaje de las cosas inasibles, ese cerrar los ojos y sentir el mundo endurecido. Tan lleno. Tan a punto de explotar.
Y decir la palabra exacta, como si de una invocación se tratase. Algo oscuro pulsando la palabra e introduciéndola en mi oído, bicho caliente y diminuto que babea en la cima del paladar.
La ansiedad es un saco de termitas. La más coherente representación del vacío existencial. Una eclosión de inquietante cordura.
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domingo, 27 de noviembre de 2011

(ii)

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No hay destino que pueda compararse
al de haber sido humano donde viven los hombres.
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JUAN ANTONIO MARÍN




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(he escrito un vídeo)

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El viernes 16 de diciembre, en el Ateneo de Madrid, a las 22:30h, daré un recital de poesía en el que leeré poemas de mi último libro, Casa útero (finalista del XXIV Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad), y textos como éste. 
Será mi primer recital en más de un año, y puede que el único hasta dentro de otro año o más. Me presentará Noni Benegas.
Soy consciente del aluvión de recitales que hay cada día en esta bendita ciudad, por eso me encantará veros por allí a los que podáis pasaros. 
Lo volveré a anunciar como es debido cuando quede una semana, pero os lo voy adelantando por aquí, a los pocos fieles de este hogar de naufragios.
Un fuerte abrazo.
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sábado, 26 de noviembre de 2011

(i)



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La palabra es una carcasa. Gloriosa carcasa, pero nada más. Lo importante es mirar con honestidad el nervio, ser con honestidad el nervio, y temblar a los pies de la desesperanza como un niño tiembla a los pies de la vida.
Yo he mentido. Me he mentido. Me he dejado guiar por la belleza creyendo que sólo a través de la belleza encontraría la verdad, pero sucede justo lo contrario: sólo a través de la verdad se es capaz de encontrar la belleza, una belleza honesta, desnuda, descorazonadora; la belleza de la soledad que se guarda y se porta y se es, y duele, duele tanto. Siempre pensé que hablaba con honestidad, pero ahora me doy cuenta de que tenía una rosa en la garganta, asfixiándome, y yo quería ser esa rosa, y era tan grande ese deseo que me llenaba la boca de plumas, y miraba la pena pero escribía la rosa, todo-era-rosa, y la suciedad se ensordecía, y ya todo gravitaba adormecido, tan bello, tan de otro.
Buscaba la arquitectura exacta, la perfecta bóveda incendiándose con la elección precisa de los verbos, pero eso era pura distracción, trayectoria, oficio inabarcable que me libraba de mirar con humildad la vida, y sentir asco, y llorarla.
He vivido aturdida, he envuelto mi voz entre almohadones y la he golpeado desde un rincón de la vergüenza. Y nadie lo ha escuchado. Yo no lo he escuchado. 
Yo no me he permitido escuchar. 
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jueves, 10 de noviembre de 2011

la fuerza

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Dígame. Con la mayor precisión posible. Cómo es.
Le digo. La piel - estrecha. Y en el cuerpo algo parece girarle -sobriamente- como un astro - a la altura del esternón. Tiene una batalla clavada -mejor dicho, es- una batalla clavada -mejor dicho, es- tantos hombres clavados a una batalla clavada a la altura del esternón. Y conoce el vocabulario sencillo - veintisiete sinónimos de luz - el tú y el ellos - las cosas que se afean rápido - algo de náusea - el tiempo y su difusa hostilidad.
Yo le miro sepultado entre tanta palabra que le lanzan - tanta palabra hueca sobre tanta palabra hueca sobre tanta coraza hueca que esconde al animal diminuto que desesperadamente se busca.
Por qué no te basta -le digo- por qué no es suficiente motivo el hollín el caldo oscuro de los huesos ese poso negro que dejas al caminarte -más que caminarte, vagar, puntualizo-. Debería ser suficiente -un- amanecer desde la sangre, vivir -un día- en verdadera verticalidad, con el sol cayendo en vertical sobre un yo -si quiera- cierto, un yo -si quiera- puro. Un yo. Y no esa maraña que vistes, con esa boca grande que siempre te está tapando, esa boca grande donde mueres y mueres y mueres porque es allí - en la saliva caliente - allí - donde te encuentras contigo - y te odias.
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Y. Dígame. ¿Qué piensa de la fuerza? ¿Cómo vive esa criatura que -más que vivir- se padece?
Le digo. Mal. Tiene el cuerpo abombado de tanto equivocarse. Creció pensando que la fuerza era un país muy frío - muy alto - donde las cosas se dicen con fuego y donde todos -pensaba- absolutamente todos los que allí viven - pueden llamarse reyes.
Preparó su viaje durante semanas -guantes, bufanda, maleta de piel y víscera, veneno-.
Y un buen día empezó a cargar sobre su cuerpo uno dos tres cuatro cinco -seis- animales mitológicos que rugían y no dejaban de moverse y -no se sabía si- se apareaban con fervor - o se estaban matando.
Ese día comenzó a arrastrar las manos. Primero -un poco- como si pronunciara la tierra con la punta de los dedos. Después - los brazos se le acabaron hundiendo hasta los codos.
Pensé, le caen como si quisieran marcharse de su cuerpo, como si fueran sus manos -curiosamente, sus manos- las que hubieran atisbado -si quiera- un centímetro de verdad: la fuerza no es una casa incendiada. La fuerza no es mirar desde el púlpito - desde el arco triunfal - a la legión de cuerpos sumisos - doblegados. La fuerza no es el país oscuro al que has rendido - durante tantos años - culto doliente - rodillas en tierra.
La fuerza no es- el amor no es- la familia no es- una casa incendiada. Entiende. La fuerza -no supiste verlo- la fuerza la fuerza la fuerza -la fuerza- estaba justo delante de ti: la callada resistencia - el ojo del pez - tan redondo - tan blando - que no sabías si lloraba o estaba ausente - como ido - riendo - desde otro lugar. Y tú cargando -tonto- tanto abrigo -tonto- tanta maleta prestada. Y luego, la sangre. Ya sabes hacia dónde voy. La-sangre. Esa sangre que se te bombea sola y tú no sabes de dónde viene pero sientes que hay algo así como una farsa que te sigue, una niebla que te hace no estar - verdaderamente - en ningún sitio - desde hace años -, y empiezas a sospechar que algo tiene que ver con la sangre -sí- con esa sangre que se te bombea sola como un animal ofuscado y sabe a óxido y te llena la boca de arena y te repite nombres -nunca el tuyo- siempre gritando. Y te das cuenta de que no es -exactamente- la sangre - lo que se dice, propiamente, sangre - humor circulatorio, líquido teñido de pigmento hemoglobínico-, no. Si te fijas -con cuidado- te das cuenta de que son pequeños cuerpos magullados, como entrañas apiladas -carne muerta- con nombres y con ojos familiares.
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Y en la inmensidad del rojo, ves -flotando- un trono.
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No, es una tumba.
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Y en la inmensidad del rojo, ves brillar la balaustrada del discurso que flota lejos -tan hermosa-.
Tantos años mirándola desde abajo, con la boca grande como queriendo apresarlo todo - no vaya a ser que -.
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Y entonces - como si alguien pulsara una tecla -no tú, que tienes las manos hundidas en el suelo- como si alguien pulsara una tecla -entonces- el pez - la sangre - el animal ofuscado - el pez el barro la palabra hueca - el pez la farsa la maleta prestada - el pez. Sí. El pez. Y su callada resistencia. Y su ojo tan blando. Tan redondo. Donde alcanzas a ver -pequeño- el país de la fuerza -ahora sí- el país de la fuerza. Sin casa incendiada. Ni batalla clavada en el pecho. Ni vocabulario sencillo. Ni náusea. Sí. Un lugar con un centro. Y un yo. Y un animal diminuto que -espera- parece -al fin- estar encontrándose.
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viernes, 23 de septiembre de 2011

diez justos

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En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado; no sé corno hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesías; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
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Felisberto Hernández
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lunes, 14 de marzo de 2011

ese maldito yo

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Después de haber charlataneado durante horas, sentirse invadido por el vacío. Por el vacío y por la vergüenza.
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¿No es indecente exponer nuestros secretos, divulgar nuestro ser mismo,
contar y contarse
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cuando los momentos más plenos de nuestra vida los hemos conocido durante el silencio,
durante la percepción del silencio?
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E.M.Cioran

domingo, 13 de febrero de 2011

dónde

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¿Tú tienes fantasías de simultaneidad?
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Quiero decir si estás metida en un vagón de metro, o en un restaurante,
y te pones a pensar que en ese momento,
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exactamente en ese,
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con las luces encendidas a causa de la niebla,
un gran barco
atraca
en un puerto ruso.
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Belen Gopegui

lunes, 31 de enero de 2011

fragmento

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Soy una trabajadora a la que hay que pagar, exijo que me paguen al momento, es decir, que me elogien y me paguen el amor con amor. De otro modo, soy incapaz de amar a nadie.
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Dostoievski, Los hermanos Karamàzov
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Foto: Jean Seberg

viernes, 14 de enero de 2011

cine mudo

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Niña fósforo, arrecife que carga un cuerpo, carne que arrastra un alma de diecisiete plantas, tus manos son un cuenco donde una vez te tendiste y jugaste a abarcar tu nombre, escucha, a veces no escribo, escucha, a veces paso largas semanas sin escribir y entonces siento que se han ido para siempre, los poemas que no escribo se han ido para siempre, y aunque dos tres cuatro días después trate de apresarlos, y quizá, quién sabe, me aproxime, ya nunca serán, no están, se han marchado, ahora tienen belleza de constelación difusa, de trece luciérnagas en caja torácica que se agitan sin ser estrellas, y entonces soy quince no-poemas más vieja, entonces estoy quince no-poemas más cerca de mi muerte. Mi paraje se dibuja parco, en épocas invernales practico el autoabastecimiento y la producción autárquica, mis heridas se relamen solas, ocupo mi tiempo en calcular el tiempo y hablo de mí conmigo. A veces siento la guerra en mis manos y me convierto en su anticipo y me destruyo, escucho música, como si me viniera del centro de la carne, como si el tarso y el metatarso supuraran sonidos ancestrales y entonces hubiera que prender hogueras y rugir como el hambre. Yo no soy esa que maldice, en mi boca no caben tantas tumbas, sé que hay incendios, sé que por momentos escucho la música nacer de mí como un antílope mojado, pero esa boca no es la mía, ese odio no es mi odio, yo tengo un cuerpo puro.

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sábado, 1 de enero de 2011

ese insecto vive y levanta tempestades en tu sangre

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Si no llega a la felicidad, recuerde siempre que va por buen camino y procure no apartarse de él. Evite la mentira, eso es lo principal, todas las mentiras, y su propio engaño en particular. Observe su falsedad y contémplela a cada hora, a cada minuto.
Trate de superar también la repugnancia hacia sus semejantes y hacia sí misma: lo que en su interior le parece malo, se purifica ya por el sólo hecho de que lo ha advertido así.
Evite también el temor, aunque el temor no es más que la consecuencia de toda mentira. No tema tampoco su propia cobardía para alcanzar el amor, ni tema grandemente sus malas acciones en este sentido.
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Dostoievski, Los hermanos Karamázov.

sábado, 25 de diciembre de 2010

navidad

.Plaza de Felipe II, 25/12/2010
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Mira, van todos de la mano.
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Ya, es que es navidad.
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