domingo, 15 de noviembre de 2015

pequeños textos sin relevancia (III)


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La vida se tiende ante mí como el lomo de un animal templado. Ya casi no recuerdo las palabras. Es raro este cuerpo, tan distante. Esta palabra tan combada, tan retráctil. Tantas cosas. Las cosas que perdí. Las cosas que dejé de lado. Las cosas que vi morir. Las cosas que dejé morir. Las cosas que de muertas, y tan muertas, ya ni duelen.
Todas se agolpan ante mí. Todas me observan ahora. La gente pasa y no conoce. No sabe que al fin ha ocurrido y estoy aquí, exhalando una respiración forzada en la boca de un cadáver. Tanto tiempo exhalando una respiración forzada en la boca de un cadáver.

Resulta turbadora la sombra que proyecta una persona herida

No sé si sabré andar. No sé si hablaré recto, bajito, derecho, dulcemente, como habla la gente a la que la vida ha devuelto a la orilla zarandeada. No sé si se notará. Si cuando gire la cabeza o suba el mentón o tienda las manos con delicadeza en mi regazo se apreciará el vacío, la soledad, la injusticia, parpadeando, como un insecto que resplandece debilísimo en la noche. 
La injusticia. Ese dolor tan pulido, tan perfecto, que encaja tan bien en tu corazón. Como si tu corazón hubiese nacido después, a partir de esa oscuridad y de esa infamia.

Explicar la expectativa. Explicar que en la expectativa, en la verdadera expectativa, hay altura, y por tanto, hay fallo. Explicar que un ser puede tener toda la luz y toda la noche de este mundo agolpadas en su cuerpo y puede ser capaz de moverse dramáticamente entre el éxito más rotundo y la herida más dañina. Y sentir su dolor. El dolor de los que se han quedado, de los que siguen en la herida, intentando salir, exhalando una respiración forzada en la boca de un cadáver que no saben si será eterno. 

Yo sólo quiero volver a sentir fuera de esta cabeza que se ha hecho mundo.







diario 14/05/2015
foto: bárbara butragueño