lunes, 3 de junio de 2019

El féretro.




Dos años sin escribir. Dos años en el más absoluto silencio.

Y ya no sé volver, Bárbara, ya no consigo encontrarte. Ya no sé gestionar tu dolor. Hace tiempo que dejé de estar a la altura de tu dolor. Como vidrio soplado que estalla al contacto con mis manos heladas, ya no sé manejarlo, ya no sé convertirlo en pájaro ni en marea ni en noche sublimada ni en puñal en flor. Ya no sé salvarte. Me siento tan sola, sin mí y sin mi voz. Mi voz era lo único que se hacía fuerte a golpe de herida y llanto, y ahora, sin ella, todo se llena de herida y llanto y nada se hace fuerte. Me siento tan perdida. Tan atareada de nada. Tan distraída por tanto vacío dentro y vacío fuera y vacío dentro otra vez. Tan cubierta de piel pero sin piel verdadera. Tan cubierta de falsos trofeos, de falsos hombres, de falsos señuelos y falsas palabras.

Ahora todo me enmudece. Los hombres han visto el efecto que el miedo que me generan causa en mí y juegan a acallarme. Y yo me callo, sí, porque ya no sé reaccionar. Olvidé cómo hacerlo. Llevo dos años callada, dos años tan largos como el tamaño de mi féretro, porque lo que un día fue supervivencia, pronto se convirtió en hábito, en normalidad, en repetición distraída, en gangrena paulatina de los órganos más bellos por falta de atención y oxígeno. Qué desolador resulta escribir que te has acostumbrado al miedo. Cuánta tristeza y cuánto golpe se esconden bajo esa idea. Y ahora vivo así, aquí, bajo esta ciudad descielada, rodeada de antipaisajes, contemplando la esfericidad perfecta de mi propia autonegación, con el nerviosismo desasosegante del que sabe que olvidó algo muy valioso en alguna parte pero no logra volver sobre sus pasos.

Recuerdo que hice un agujero en el suelo lo suficientemente hondo como para que no me encontraran, como para que no pudieran dañarme más, y me metí en él y me quede muy callada y muy quieta, sin saber que había cavado mi propia tumba y desde entonces yacería en ella como una yegua enferma de latido sibilante.

Odiaron tu luz y en vez luchar por ella, decidiste apagarte.

Siento haberte soltado la mano, Bárbara. Siento haberte extraviado. Siento no estar allí para abrazarte. Siento la violencia y el miedo. Tanta violencia y tanto miedo. Siento haber dejado que todo se hiciera más grande que tú. Espero que cuando te encuentre, puedas perdonarme.
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foto: neorrabioso

2 comentarios:

Ray Haller dijo...

Ojalá puedas volver a escribir para poder seguir leyéndote

Neorrabios@ dijo...

¡Fabuloso! "Algunos barcos necesitan ser mirados para poder hundirse tranquilos" (F.G.L.)